Siempre he creído que la palabra ‘prevención’ estaba muy mal escogida en el contexto de las drogas. Mi madre se pasó toda mi infancia hablándome de cómo las drogas acabaron con la vida de uno de nuestros familiares. Imagino que lo hizo para ‘prevenir’. Pero aquello no sirvió porque a las 14 ya sufría mi primera borrachera. Supongo que en aquella época el alcohol no preocupaba demasiado a nuestros padres, por lo menos yo no recuerdo que lo incluyeran en las campañas de ‘prevención’ de entonces. La cuestión es que los argumentos de mi madre no ayudaron a ‘prevenir’ mi consumo. Para nada. Por eso cuando hace unos días, me preguntaban en una charla sobre cuál debería ser la fórmula para prevenir el consumo en la gente joven, dije que no existe como tal.

La gente joven va a probar la droga, de la misma manera que tú y que yo probamos en su momento el alcohol. La van a probar y, excepto en algún caso, les va a gustar. La cuestión es ¿por qué algunos seguirán consumiéndola cada fin de semana y otros no? He ahí toda la cuestión. ¿Por qué yo me sentí tan bien que quise repetir, mientras que mis amigos pasaron? ¿Acaso estaba yo más triste que ellos? ¿Necesitaba evadirme de la realidad más que ellos? ¿Tan insoportable resultaba mi vida que no podía afrontarla sin consumir?

Pues sí, así es, yo no tengo ni idea de por qué otras personas se empiezan a drogar con la compulsión con la que lo hice yo, lo que sí tengo claro es que yo empecé a sufrir pronto y no tenía recursos emocionales ni psicológicos suficientes para afrontar lo que me pasaba. Algunos amigos sí los tenían, mi hermana por ejemplo, educada en la misma familia y de la misma forma que yo, sí fue capaz de gestionar las dificultades de su adolescencia. Yo, sin embargo, no pude. No había forma de tolerar el sufrimiento y el alcohol se presentó como una vía impresionante para tirar “pa lante”.

A veces me pregunto qué hubiera pasado si en vez de empezar a beber a los 14 hubiera empezado a los 18-20. Y creo que en ese caso, sí me hubiera dado tiempo a desarrollar recursos con los que gestionar el malestar. Quién sabe, quizá con esos recursos la droga no me hubiera pillado de forma tan bestial, quizá la hubiera usado de vez en cuando para “divertirme” (lo pongo entre comillas porque en mi caso la diversión duró muy poco). O quizá la carga genética pesa más de lo que parece y yo estaba predestinada a convertirme en una yonki. Nunca lo sabré.

Pero si yo tuviera un hijo intentaría que empezara tarde, ese es el único punto que veo claro de los programas de ‘prevención’. Entonces, ¿no se puede hacer nada más para ‘prevenir’? Pues como dije en la charla a la que me invitó la Asociación Naxé en Jaca, lo que sí está en nuestra mano es HABLAR CON NATURALIDAD SOBRE LA ADICCIÓN DE AQUELLOS A LOS QUE QUEREMOS. ¿Os imagináis una comida familiar en la que se comente que Fulanito es adicto, con la misma empatía y cariño con la que se comenta que Menganito tiene cáncer? ¿Qué pasaría si los niños oyeran hablar de esta “enfermedad” (recomiendo la lectura del artículo ‘Adicción: ¿enfermedad o trastorno de aprendizaje?’) como oyen hablar de otras? ¿Y si sus profesores utilizaran el mismo discurso? ¿Os acordáis de lo que pasó cuando el sida pasó de ser una enfermedad de gays a ser una enfermedad de todo quisqui? Efectivamente, la ‘prevención’ empezó a funcionar.

Si vuestros hijos os oyen hablar con naturalidad sobre la adicción, asumirán que la droga —igual que el azúcar— es una sustancia que no debe consumirse sin prudencia, una sustancia de la que no se debe abusar, una sustancia que, una vez enganchado, puede matarte (no sin antes destrozar a toda tu familia). Es posible que de esa forma la percepción cambie y en vez de sentirse atraídos por ella, la consideren como un producto más de consumo, con sus riesgos asociados, como en el caso del tabaco. ¿Os habéis fijado que la gente joven hoy rechaza el tabaco?

Últimamente me llaman para que dé charlas sobre prevención pero yo creo que lo único que puedo hacer es contar mi experiencia, hablar sobre la realidad que vivimos los que hemos pasado por ello. Y creo que tú puedes hablar con libertad sobre la realidad que vive la persona a la que quieres, creo que deberíamos empezar por contar los episodios que vivimos con nuestros familiares desde la perspectiva del trastorno y no con vergüenza, con miedo al que dirán. Es complicado, y puede que no sirva de nada, pero por algo hay que empezar ¿no os parece?

Quiero agradecer a la Asociación Naxé su invitación, mi madre y yo pasamos una tarde fabulosa con todos vosotros. Sois muy grandes.

¡Nos veremos pronto!

 

 

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