Ayer hice mi primera clase de spinning —así llaman desde hace unos años al hecho de volverte loca sobre una bici estática al ritmo de los gritos de un energúmeno—. Y me lo pasé cañón, en serio. La música a toda pastilla y mi cuerpo llevado al límite. Es inevitable, nunca dejarán de gustarme los subidones de adrenalina… En uno de esos momentos de euforia deportiva, empezó la canción I Took a Pill In Ibiza (los que lleven poco tiempo en rehabilitación que no vean al vídeo). Y la cosa es que no tenía ni idea de qué iba, nunca me había parado a escucharla, y, sí, la cosa va de drogas. De drogas en Ibiza, nada menos.

La cuestión es que estaba yo a toda máquina cuando empieza el vídeo y me quedo imantada a las imágenes. No sé qué pretende el vídeo pero la careta que utiliza el protagonista es lo más parecido a las caras que se nos quedan a los drogadictos cuando consumimos mucha cocaína. Un amigo mío solía decir: “Joder, Oihana, que ya te has quedado al óleo”. Eso sucedía cuando había consumido mucho. Muchísimo. Solía coincidir con el amanecer. Yo llevaba toda la noche (quizá el día anterior también) consumiendo: cocaína para subir y alcohol para reducir la ansiedad. Una cosa tras otra, sin parar. Hasta que llegaba un momento en el que mi cara se quedaba rígida. La mandíbula apretada, una sonrisa medio agónica y los ojos muy abiertos. Entraba en un estado de alerta, como si en cualquier momento se me fuera a tragar una pantera. La luz del día aumentaba esa sensación y cerraba rápido las contraventanas. Bajaba corriendo a por una botella de vodka al bar donde estaban tomándose un café los primeros currantes, y tragaba rápidamente tratando de aflojar el agarrotamiento de los músculos de mi cara. Necesitaba conseguirlo por lo menos durante el tiempo suficiente que me llevaría conseguir más coca.

“Al óleo”, nunca se me hubiera ocurrido una forma mejor de nombrar ese aterrador rictus que se me ponía. A veces pensaba que era como un delfín que vive en cautividad y su existencia sólo cumple un objetivo: divertir a los demás. Parece que sonríen ¿verdad? Pues no lo hacen. No. No os sonríen. Probablemente estén aterrados, justo como lo estaba yo cuando entraba en ese estado.

A día de hoy, después de mucha terapia, he entendido que entraba en un estado disociativo que todavía ahora se me repite sin previo aviso cuando aparece un estímulo tan simple e inofensivo como, por ejemplo, la mirada de alguien a quien quiero. “Estar al óleo” es estar aterrado, paralizado, incapaz de hablar o de moverte. Tener cientos de pensamientos que crees que te van a hacer enloquecer, y todos al mismo tiempo. Querer meter la cabeza en un agujero oscuro, donde no haya nada, ni tan siquiera insectos. “Estar al óleo” es sentir que tu mollera es de cartón piedra por fuera y de fino cristal por dentro, uno capaz de romperse en mil pedazos. Así es el colocón en un adicto, ni más ni menos.

 

 

 

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