Si eres capaz de provocar miedo, ya has ganado la partida. Asusta a tu interlocutor y se terminará quedando callado, no importa la técnica que utilices: grita, humilla, descalifica, ríete, abofetea, inventa amenazas, miente, señala, hazlo de cualquier manera, pero asusta. Adopta el estilo de un presidente o de un terrorista, observa el acontecer tras cualquier atentado y admira todas y cada una de las cosas que se hicieron —que hicimos— a causa del miedo. Aprende.

Dicen que “la fe mueve montañas”, yo digo que es el miedo. Un padre capaz de paralizarte con sólo mirarte o un hombre de bata blanca capaz de destruirte con un diagnóstico devastador, todo sirve. La autoridad de un doctor y un familiar enfermo son suficientes para desatar un miedo irracional capaz de llevarte a tomar decisiones disparatadas. Como esa de mandar secuestrar a tu propio hijo.

¿Tienes algún familiar adicto a las drogas? ¿Te está destrozando la vida? En la clínica del Dr. Martin Nizama Valladolid han encontrado una solución: firma un papel y podrán entrar en tu casa, sedar al susodicho y llevárselo a la fuerza. Bajo el liderazgo de este doctor, una clínica de Lima lleva años aplicando un programa de rehabilitación que consiste en asustar mucho al paciente y a su familia. Esa es la carta que esconde el Dr. Nizama, psiquiatra del Instituto Nacional de Salud Mental de Lima. Sus métodos traen testimonios como este: “Estar encerrada a veces me enferma, me enferma, me enferma. Porque ya pasaron dos años que estoy acá, y quiero estudiar, quiero trabajar, pero sé que me engaño a mí misma porque en realidad quiero salir a consumir. Tengo muchas ansiedades, por eso sé que todavía no estoy preparada para el mundo. El doctor me conoce y no me deja salir, no me deja que me ponga a estudiar porque sabe que voy a recaer”.

Esta paciente estuvo cincuenta días en la clínica en un régimen de absoluto silencio. Sus obligaciones consistían en aprenderse el reglamento, dibujar, leer, escribir y no hablar con ninguno de sus compañeros. En palabras del doctor: “La conducta rebelde o psicopática ha sido manejada por los fármacos, después es desintoxicado. ¿Qué queda? Tiene que regenerarse el cerebro. ¿Cómo se logra eso? No con medicación sino con trabajo: escriben, dibujan, leen, piensan, se imaginan y también hay cura de silencio. El silencio induce al ser humano a la meditación”. La “conducta rebelde”, dice el doctor, y me suena a amonestación. Castiguemos al yonki, así aprenderá. Ha sido malo, ha hecho daño a la familia, se merece que aprenda, que sufra.

No se me ocurre mejor manera de castigar que aislar al que tiene miedo. No le dejéis hablar, no le permitáis el contacto y terminará por volverse loco. O, mejor, se alineará a vuestro discurso. “El estar así, el que no te crean, no te escuchen, el que no te miren, esa es una soledad que no había experimentado”, dice otro paciente. El Dr. Nizama se siente orgulloso de su programa, está convencido de que funciona, de que ha encontrado el Santo Grial con el que curar a los enfermos adictos. Se presenta como un pequeño mesías, se sienta en el círculo de terapia y da órdenes que suenan a remedios médicos. Otorga a los pacientes una hora diaria para que dentro del círculo tengan libertad, los anima a bailar, a gritar, a reír, a cantar. Una única hora para manifestar sus emociones, exactamente de 9.10h a 10.10h de la mañana, ni un minuto más. Una vez cumplido el plazo, deben volver al aislamiento hasta el día siguiente.

Para la familia también hay estopa, una terapia para “rehumanizarse” en la que se abrazan, se tocan y “se huelen”. Un entrenamiento que incluirá una serie de pautas como bloquear todas las ventanas de casa, cerrar la puerta de entrada siempre con llave y mantener al paciente controlado, sin dejarle salir, durante más de dos años. ¿Tanto miedo sienten como para claudicar ante semejantes recetas? Pues sí, así es el miedo.

Este documental me ha catapultado a mis meses en desintoxicación. Yo también sentí miedo. Un miedo atroz que lograba diluir gracias al contacto con mis compañeros. A las conversaciones durante las excursiones, a los ratos que invertía en mi puzzle, a las risas cada vez que me quedaba sin mi postre preferido. Solían decirme que tenía que dejar de abrazar tanto a los demás, pero era lo único que realmente lograba reducir la sensación de terror que tenía a todas horas. No puedo llegar a imaginar lo que viven estos pacientes bajo las órdenes del Dr. Nizama. Ni puedo entender de ninguna manera cómo se permite el ejercicio a semejante monstruo. Eso sí que da miedo.

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