—Ocurre cada vez que me hacen un control de orina —le dije al doctor.

—¿Entonces es cuando piensas que van a venir los extraterrestres? —me contestó.

—Exacto, entonces pienso que vienen e inyectan alcohol en la muestra.

—Sin embargo dices que eres consciente de que eso es imposible.

—Sí, claro, lo veo, veo que es absurdo… Pero no puedo evitar pasar la semana pensando que mi control de orina va a dar positivo y todo el mundo creerá que he recaído. No puedo pensar en otra cosa, no puedo comer, no puedo dormir, siento ganas de vomitar durante todo el rato y sólo puedo pensar en que, en cualquier momento, la enfermera va a dar el aviso y entonces ya no podré salir nunca más de aquí. En este momento, por ejemplo, pienso que mientras se lo cuento, usted piensa que realmente he recaído y que me estoy inventando toda la historia de los extraterrestres como coartada… Es horrible… No puedo más… No puedo… —insistí sin parar de llorar.

—Oihana, tranquila, son pensamientos obsesivos, trampas que te hace la cabeza. Cuando los tengas, háblalo en la terapia de grupo, sin miedo, sin angustia.

—No puedo doctor, no puedo, todo el mundo pensará que estoy loca…

Llevaba dos meses en el centro de desintoxicación cuando tuve esta conversación con el Dr. Rubio. Ahora leo la transcripción y veo que no he sido capaz de expresar la angustia atroz que se siente cuando uno tiene pensamientos de este tipo. Este era el más persistente, pero había otros, otros incluso más aterradores. Al poco de esta conversación recaí en el alcohol, la idea de vivir con mi cabeza llena de fantasmas se me hacía aterradora. Quise acabar con todo y se lo dije al Dr. Rubio. Él consiguió —todavía hoy me pregunto cómo fue capaz— que poco a poco esos fantasmas dejaran de darme miedo. No desaparecieron pero perdieron fuelle. En vez de ellos, empezó a instalarse en mi pensamiento una neblina de paz, una sensación de sosiego que aprendí viendo y escuchando al Dr. Rubio. Él se convirtió en mi referente, fue la única persona a la que fui capaz de contarle mis pensamientos más humillantes, los que estaban acabando conmigo poco a poco. Sin él, no sé si yo hubiera sido capaz de seguir adelante, creo que el miedo hubiese ganado la batalla.

El viernes falleció el doctor y una parte de mí siente que se ha quedado huérfana. La que se cogía con fuerza al brillo de sus ojos y a esa media sonrisa que siempre parecía decir: “No pasa nada, todo va a ir bien, no tengas miedo, Oihana”.

Hasta siempre, doctor. Le echaré mucho de menos pero seguiré adelante. Igual que hizo usted siempre.

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