Ayer una persona me preguntaba si viví la exclusión social cuando me drogaba. Imagino que al descubrir que soy adicta recuperada, se habría hecho la clásica y tópica composición del drogata cadavérico del que cualquier buen ciudadano huye cruzándose a la otra acera. Malditos estereotipos.

Cuando la gente empieza a verte como algo distinto, algo que no comprende, algo a lo que temer sin saber muy bien el porqué, en ese momento ya estás excluido. Algunos niños lo están del calor de sus compañeros, demasiadas mujeres lo están de las oportunidades laborales, los drogadictos lo estamos de un sistema social que se considera sano y los camellos dan de comer a esos drogadictos. Cualquier forma de exclusión comporta humillación e invisibilidad. Solemos soñar con poder “ser como el hombre invisible” pero no hay nada más doloroso y cruel que el hecho de que nadie te vea. Y si lo pensáis –y miráis– observaréis que hay demasiados rostros a los que no podéis sostener la mirada.

Ayer a la tarde recibí en casa la historia de Daniela, una niña trans que permaneció invisible para el mundo hasta que su madre pudo verla. En ese momento todos los demás también lo hicieron, de entre ellos algunos cobardes decidieron excluirla, apartarla de su mirada, hacer como si no existiera. Más tarde, por la noche, apagué la televisión durante el telediario, incapaz de tolerar ciertas imágenes que llegan por cable desde los campos de ¿refugiados o seres humanos? ¿Por qué no dejamos de llamarlos refugiados? Estamos gastando el maldito sentido de la palabra, joder. Personas –como tú y como yo– que para proteger a los niños –como los tuyos y los míos– salen de su casa con lo puesto. Y escribo “proteger” sin que te llegue su significado ¿no es cierto? Protegerlos, por ejemplo, de ser violados hasta la muerte. ¿No habéis leído el artículo de El Confidencial? Están violando a niñas de 5 años, las mismas niñas que cuando logran huir terminan suicidándose porque no son capaces de recomponerse. De eso y de mucho más los tratan de “proteger”. Pero sigue sin llegarnos.

No vemos a los “refugiados”, de igual forma que no vemos a los vagabundos que duermen en los mismos cajeros de los que sacamos la pasta suficiente como para comprarnos el último modelo de zapatillas Nike. Nos indignamos con las imágenes de las vejaciones que sufren algunas mujeres en la Plaza Mayor de Madrid, y no dejamos de escandalizarnos frente a las noticias de suicidios infantiles a causa de bullying. Pero seguimos sin despertar. ¿Cómo conciliamos nuestra cotidianidad con los abusos que suceden a nuestro alrededor? Pues solo de una manera: no mirando.

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