Hoy el destino me ha dado la oportunidad de hacer una reflexión en una de las maravillosas plantas del Hospital Vall d´Hebrón. He ido con mi amiga para que le revisaran el fondo del ojo (una vez al año debe pasar por el tránsito de que le dilaten la pupila) y, cuando hemos llegado a la planta correspondiente, mi sorpresa ha sido enorme al comprobar que unas 200 personas más esperaban para lo mismo. Algunas permanecían sentaditas y otras —entre ellas nosotras— esperaban su turno de pie, con los abrigos en la mano y agudizando los tímpanos para no perder el turno. Aquello parecía el mercado, sólo que en vez de llamar por el número, vociferaban tu nombre y apellido.

La espera prometía hacerse larga y aburrida, así que me he puesto a observar al personal. La mayoría pasaba de los sesenta, llevaban bastón y sus caras parecían cansadas y casi tan aburridas como la mía. Las conversaciones entre unos y otros no me han sorprendido mucho, la verdad: falta de trabajo, falta de dinero, corrupción y CORRUPCIÓN. He abierto el Facebook para evadirme un poco y ¡zas!: una imagen, dos y hasta tres seguidas con esas frases que incorporan en sus mensajes el “piensa en positivo”. Las imágenes me han llevado al médico, cirujano y conferenciante Mario Alonso Puig  y entonces —ya sabéis que la asociación de ideas es caprichosa— he recordado las risas que me echo con mi amiga, la Calasanz, sobre este tipo de cosas. Hace unos años, las dos éramos fans de este señor, sin embargo, a medida que ha pasado el tiempo y la injusta realidad de las personas se ha impuesto, hemos llegado a la conclusión de que, junto a los libros de Alonso con mensajes del tipo: “reinvéntate”, “tú puedes”, “si cambias el pensamiento, cambias tu vida”, deberían añadirse algunos mecenas que uno pudiera llevarse a casa para que se ocuparan de financiar el tiempo que necesita una persona que quiera dedicarse a sí misma.

Porque seamos un poco honestos joder, ¿puede una persona que no llega a final de mes pensar en cambiar sus pensamientos? Digo yo que lo que querrá será cambiar sus ingresos ¿no? ¿Para quiénes están dirigidos este tipo de libros? ¿Quién puede poner en práctica ese discurso? Creo que la mayoría de las personas que estaban hoy conmigo en el hospital, no pueden.

Eso sí, nos gusta decir que todo es una cuestión de actitud. Supongo que es la manera —tramposa por cierto— de condenarnos a nosotros mismos. Y, ojo, no digo que la actitud no sea esencial, claro que lo es. Lo que digo es que a veces estamos jodidos por culpa de otros, por las circunstancias o porque nuestra salud está de capa caída y no podemos reinventarnos porque ni siquiera podemos ir solos a hacer pis. No está bien que siempre tengamos la sensación de que si estamos tristes es por nuestra culpa, no está bien que si estamos enfermos no podamos quejarnos y mandarlo todo a la mierda (durante un ratito) porque el riesgo a que se nos acuse de falta de actitud, tampoco está bien que todos esos señores y señoras mayores que estaban hoy en la Vall d´Hebrón, tengan que esperar durante tres horas de pie y no puedan decir “ni pío” porque si se les pasa el turno, quizá no les den cita hasta el próximo año que “ya sabes cómo es esto”.

Por eso, yo hoy reivindico nuestro derecho a estar como nos dé la gana. Caiga quien caiga.

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