prisión

Quiero dedicar este artículo a la Fundación +34 porque hace un trabajo absolutamente admirable. No dejéis de visitar su web.

Siempre me tomo un descafeinado por las mañanas. Lo cierto es que me despierta, efecto placebo lo llaman. Pero ese día lo hice en una cafetería distinta. Una que tiene vistas a la cárcel Modelo de Barcelona. Y así es como ocurrió, no fue a partir de una magdalena como le pasó al bueno de Proust. En realidad, verme frente a ese muro disconforme me llevó de un sopapo a la última noche en la que visité a la mujer de mi camello.

Eran las cuatro de la madrugada, lo recuerdo porque tuve que inventarme una excusa para salir de casa a esa hora. Cogí la correa, até a mi perrita aletargada –un comodín de lo más socorrido– y salí de casa en dirección a la del camello…

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