“Una señora de treinta y tantos, con relaciones problemáticas con su marido, que no llegaba a fin de mes, y con un adolescente conflictivo, empezó a tomar ansiolíticos, a exceder cada vez más las dosis que le habían recetado. Cada vez le hacía menos efecto pero no podía pasar sin el fármaco. Hasta que tuvimos que ingresarla. Estuvo una semana en desintoxicación…”

Así empieza un artículo publicado el pasado domingo en El Periódico de Aragón. En él se valora la falta de conciencia del riesgo asociado al consumo de hipnosedantes (conocidos vulgarmente como tranquilizantes) y el papel de los médicos en esta historia.

–No fue culpa del médico –me dijo un amigo cuando leyó la noticia en mi muro de Facebook.

¿En serio? ¿No lo fue? Veamos, dejemos la palabra “culpa” a un lado (las connotaciones morales que arrastra no vienen a cuento). Pensemos mejor en responsabilidad: ¿de quién es la responsabilidad a la hora de recetar un tipo u otro de medicamento? No se trata de ver al paciente como un niñito al que hay que tutelar, incapaz de tomar decisiones y asumir los riesgos que supone la medicación que le recetan, se trata de que el paciente esté absolutamente informado, se trata de diagnosticar de forma adecuada. Quizá la persona que llega desesperada a la consulta esté pasando por un momento de estrés a causa de la falta de trabajo. Quizá haya perdido a alguien y lo que no puede es soportar la fase del duelo, o quizá simplemente no tolera la frustración que supone vivir y que las cosas no salgan como uno quiere. Es posible, incluso, que sea –como lo fui yo– una persona que consume otro tipo de sustancias psicoactivas, sustancias excitantes como la cocaína, el speed o el éxtasis, y eso le impida no sólo dormir, sino sentir cierto sosiego y bienestar.

Infografía hipnosedantes

Lo cierto es que hay muchos motivos por los que sentirse triste y deprimido pero eso no significa que se esté sufriendo una depresión. He oído decenas de testimonios en terapias en los que mis compañeros –mujeres la mayoría de los casos– explicaban que empezaron a consumir benzodiazepinas cuando su médico se las recetó. “¿Y por qué fuiste al médico?”, preguntaban los terapeutas. “Porque estaba triste, desmotivada, mis hijos se habían hecho mayores y yo estaba todo el día sola en casa”. Así de simple y así de triste.

“Es muy importante que la gente tome conciencia y se informe antes de aceptar un diagnóstico y tomar una pastilla psiquiátrica”, afirma Allen Frances, catedrático emérito en Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento de la Universidad de Durham (Carolina del Norte), en su libro ¿Somos todos enfermos mentales? Manifiesto contra los abusos de la psiquiatría. Y añade: “el rango de respuesta del placebo para los problemas más ligeros es más del 50% y con la medicación la respuesta es de un poco más, sólo un 65%”.

No es cuestión de buscar culpables en esta ecuación, pero sí es hora de que se abra un espacio de debate –junto al del cannabis que parece interesar más a los medios–, para que las personas sepamos qué nos están recetando y si realmente lo necesitamos. No vaya a ser que le esté diciendo a mi hijo que no fume canutos porque pueden crear adicción, mientras yo me atiborro a Valium u Orfidal para soportar la tiranía de la vida.

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