El síndrome de abstinencia alcohólica se refiere a los síntomas que experimenta una persona que deja de beber alcohol, de forma repentina, después de haberlo estado consumiendo repetidamente hasta desarrollar la dependencia o adicción. Los síntomas suelen empezar a las 8 horas de la última copa y pueden mantenerse durante horas e incluso días. Generalmente, lo más común es que el adicto se sienta ansioso, irritable, tenga palpitaciones, temblores, sudor frío, en algunos casos fiebre, alucinaciones e, incluso, convulsiones. Estos últimos síntomas sueles referirse a lo que conocemos como delirium tremens. La abstinencia alcohólica, además, puede llegar a ser mortal.

No es raro, por tanto, que la ciencia trate de buscar soluciones con las que llegar a reducir estos síntomas. Con este objetivo, un grupo de neurocientíficos de la Universidad de Texas se ha puesto manos a la obra y, como punto de partida, ha elegido al Caenorhabditis elegans, o lo que conocemos vulgarmente como gusano. Sus resultados fueron publicados el año pasado en la revista The Journal of Neuroscience.

Lo que ha hecho el equipo dirigido por Jonathan T. Pierce-Shimomura, es diseñar gusanos mutantes de manera que no se intoxiquen con el alcohol. Para ello han elegido el canal de potasio (BK) que se encuentra en las membranas celulares y cuya actividad incluye funciones en las células neuronales, vasos sanguíneos, tracto respiratorio y vejiga. Modificando este canal, han conseguido que el alcohol no pueda activarlo y, por tanto, el organismo en cuestión  –el gusano– no presente las clásicas reacciones de la intoxicación etílica: afectación de su función motora.

“Este es el primer ejemplo de alteración de una diana del alcohol para prevenir la intoxicación en un animal”, dice el Dr. Pierce-Shimomura. “Hemos conseguido hacer insensible el canal sin afectar su función normal”. Sin embargo, a diferencia de la cocaína que tiene dianas específicas en el sistema nervioso, los efectos del alcohol en el organismo son complejos y cuentan con diversas dianas en el cerebro, lo que complicaría el objetivo planteado por los investigadores. Por otro lado, se necesita comprobar los hallazgos en modelos animales más parecidos al ser humano.

El autor del estudio, ha especulado, además, que su investigación podría usarse “para desarrollar un James Bond espía que pueda beber sin emborracharse”. No obstante, quizá habría que preguntarle: ¿con qué finalidad? Es decir, ¿la idea no era reducir los síntomas del síndrome de abstinencia?

Últimamente, podemos leer mucho sobre nuevas líneas de investigación en adicciones: hace unos días escribí para el Cuaderno de Cultura Científica un artículo sobre las vacunas contra las drogas, la semana pasada la revista Nature publicó una investigación en la que se sugiere la posibilidad de revertir los efectos de la adicción a la cocaína en ratones, ahora estamos con los gusanos mutantes que vienen con la promesa de evitarnos futuras intoxicaciones alcohólicas… Pero, ¿sabéis? mi sensación es que la aplicación real de muchas de estas investigaciones será, a la larga, para permitir que el individuo consuma mucho más, y a su vez, gaste también mucho más en todas estas soluciones farmacológicas. Ojo, no soy una conspiranoica de la industria farmacéutica, pero sí que quiero hacer un alto y plantearme la posibilidad de que no todos persigan ese objetivo tan loable y maravilloso que es apoyar al adicto para que salga de su particular pesadilla.

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