“Codiciamos lo que vemos cada día”, le decía el Dr. Lecter a la buena de Clarice. No hay duda de que Hannibal hubiera sido un buen pedagogo. Uno de esos que puede anteponerse a la tragedia que vivirá el niño que vea, una y otra vez, lo que no debe.

Así es como empecé yo a fumar. Además de admirar a un padre que era lo más parecido a una chimenea de montaña, solía quedarme transpuesta contemplando las cajetillas de cigarrillos de chocolate que lucía el escaparate de la tienda de chuches del barrio. Cómo me gustaban. Cogía uno, lo pelaba por la parte de la boquilla y simulaba ser un adulto. Cualquier modelo me servía: padre, abuela o abuelo. Todos fumaban mientras yo me endulzaba. Y, claro, cogí hábito. Al tiempo, el chocolate me supo a poco y opté por la nicotina.

Ahora ya no se producen y, si lo hicieran, las ligas antitabaco quemarían todos y cada uno de los establecimientos que los vendieran. ¡Donde vamos a parar! ¡Cigarrillos para niños! No pasa lo mismo con el champán para niños. A ese te lo encuentras incluso en el súper, junto a los turrones, mazapanes y las pilas que acechan a la cajera mientras baila al ritmo de lector de códigos de barras. Que no entiendo yo muy bien por qué los nenes no pueden seguir bebiendo agua —o zumo si la idea es celebrar— en la cena de Navidad. “Podéis elegir una cosa cada uno”, les dije a mis sobrinos mientras yo compraba mis bebidas descafeinadas. “¡Champán!”, gritaron los mellizos. Mis pelos como escarpias y un no implacable, titánico, saliendo de las cavernas de mi laringe.

Yo, con varios años de rehabilitación a mis espaldas, teniendo que soportar el venenoso anhelo de dos pulgas de 7 años. Mis dos pulgas queridas, querían, a su vez, emular a los mayores. “Codiciamos lo que vemos cada día”… Y eso es lo que desean nuestros niños: una bebida compuesta por zumo de manzana y uva, gaseosa, limón y azúcar, contenida en una botella que se parece a la que ellos no pueden acceder porque “eso es de mayores”.

“¡Es divertido!”, me dice una madre. ¿Sí? ¿Lo es? Resulta paradójico observar cómo nos escandaliza ver a un niño con un cigarrillo de chocolate y, sin embargo, nos divierte verlo con una copita de champán. “¡Qué mono está fulanito!”, “¡Míralo brindando con su copita!”,  “¡Si apenas puede sostenerla con esa manita tan pequeña!”. Y nos deshacemos en palabras infestadas de ternura… Otra cosa será cuando sostenga una litrona en mitad del parque mientras vomita detrás de un árbol. Entonces los papás jurarán que esas cosas no las ha aprendido en casa.

No digo que porque el niño beba champán sin alcohol se convierta en un alcohólico el día de mañana. Por supuesto que no. No obstante, busquemos un poquito de coherencia en nuestras costumbres. Si mandáis al cuñado a fumar a la terraza, no le plantéis al niño una copa de semejante enjuague, no vaya ser que le sepa a poco y alargue el brazo para hacerse con la de verdad. 

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