Ojito porque Lars Von Trier ¡tiene miedo! Pues bienvenido amigo, yo con tus pelis he pasado el terror más insufrible de todos los tiempos. Hubo una vez que tuve que salirme del cine porque pensé que me daba un ataque de epilepsia.

Pero, ¿por qué, y de qué, puede tener miedo este señor? Pues nada más y nada menos que de volver a trabajar renunciando a los efectos del alcohol y otras drogas. ¡Vaya! Pues pase, pase al club, Lars. Ya somos unos cuantos los que, tras sufrir la peor de las dependencias, hemos tenido que seguir en seco. Y, la verdad, resulta mucho más difícil enfrentarse al papel con la vena limpia. No sé como será ver de forma nítida a la Kidman o a Björk, pero el blanco del papel resulta tan conciso y preciso que casi puede atravesarte la pupila.

“Ninguna expresión creativa con valor artístico ha sido creada nunca por ex alcohólicos”, dice Lars. Un par de apuntes, corazón: en primer lugar nunca serás un EX alcohólico, el alcoholismo es crónico, nunca más podrás beber una copa. En segundo… ¿cómo que no hay valor artístico en la obra de los alcohólicos recuperados? No pienso ponerme a enumerar porque no sé si el criterio de Von Trier se corresponde al mío y, por tanto, sería perder el tiempo. Sin embargo, no me cabe ninguna duda de que lo que haga este señor, de ahora en adelante, va a ser tan bueno o mejor que lo que ha hecho hasta ahora.

Mucha gente piensa que las drogas permiten a los escritores —o artistas de otras disciplinas— experimentar emociones, reacciones, experiencias o, como dice Lars, incluso vidas paralelas, que les permiten crear con el anarquismo que muchas veces se necesita. Pero yo no pienso eso. No, me niego a hacerlo, y la verdad es que me aburre bastante el tópico (vale, quizá no tan tópico) de los grandes escritores alcohólicos. Mi teoría es que aquellas personas que necesitan comunicar, sea con el medio que sea, y sea con la brillantez que sea, generalmente tienen una mundo visceral que no pueden aguantar solos. Necesitan expulsarlo hacia fuera, casi como si fuera un gran vómito. Y como el vómito —perdonad la analogía— es algo feo y desagradable, el autor lo maquilla, lo disfraza, lo embellece de la mejor manera que sabe. Sin embargo, y ojalá Lars se dé cuenta cuando lleve más tiempo sobrio, cuando uno empieza a dejar esa asquerosa indigestión, ese malestar vital que generalmente conduce a beber o a consumir otras drogas, la necesidad de embellecer el vómito va desapareciendo, porque el vómito en sí mismo deja de producirse. Y, en vez de eso, se manifiesta lo que genera el interior, que ya no es una enorme flatulencia sino más bien un tránsito ordenado y absolutamente lleno de sentido.

Es una pena que sigamos pensando que las drogas son necesarias para crear cosas cojonudas. Me parece genial que aquellos que no son adictos las consuman y se lo pasen pipa tratando de emular a Poe, Juan Rulfo, Bukowski, Marguerite Duras o Dorothy Parker; pero los demás, los que hemos optado por darle esquinazo a la enfermedad —como es el caso de Lars— vamos a dejar de compadecernos. Y dejemos de poner excusas estúpidas con el objetivo de encubrir el miedo que nos produce no estar a la altura, y tener que aceptarlo desde la sobriedad.

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