“He tenido muchísimos problemas en mi vida, la mayoría de los cuales no sucedieron”.

Mark Twain.

¡Vaya! Exactamente igual que yo. Lo cierto es que tengo una imaginación tan fértil que la mayoría de las veces no sé si los traumas que me adjudico (al tiempo que hago culpables de mis problemas a día de hoy) sucedieron de verdad o fueron simplemente ideas sueltas hechas un ovillo después de una noche de intoxicación etílica.

En una ocasión, una terapeuta dijo: “Ninguno de los que estáis aquí (se refería a los adictos) tenéis la certeza de no haber matado a nadie”. Me sonó fatal, casi a acusación, tuvieron que pasar unos minutos (mis neuronas en aquellos tiempos eran lentas), para que entendiera a qué se refería. Y, cuando lo hice… ¡zaca! Tenía toda la razón. En mi tiempo de consumo, unos 15 años más o menos, se dieron muchos episodios cuyos hechos permanecían absolutamente ocultos a mi memoria consciente. De hecho, había noches enteras (e incluso días posteriores) de las que no recordaba nada de nada. Por tanto, ¿era posible que yo hubiera cometido una atrocidad que no hubiera quedado registrada? Por supuesto que lo era.

Aunque, para ser sincera, lo dudo, creo que para ejercer actos de extrema crueldad debe de haber algo de base (aunque sea patológico); y, en mi caso, no era así (¡creo!). No obstante, eso no quiere decir que no ocurrieran otras muchas cosas vergonzosas, o que mi paranoica cabecita no inventara hechos que me sirvieran para entender emociones o formas de actuar que no conseguía explicar. Por poner un ejemplo: imaginad que sentís mucha ira, estáis muy enfadados con el mundo en general, no os ha pasado nada en concreto pero así es como os sentís. Probablemente, cualquiera de vosotros salga a hacer un poco de deporte para “liberar” todo ese mal humor. Sin embargo, un adicto, yo en este caso, lo que hacía era buscar el motivo en mi entorno, buscar al “culpable” y hacérselo pagar. La estrategia era sencilla, únicamente debía inventar (y creerme) algo despreciable que me hubieran hecho. De golpe toda esa ira cobraba sentido y me daba la razón, tenía vía libre para liberarla de distintas maneras (a cual más despreciable) sobre la persona a la que le hubiera tocado en esa ocasión.

Cuando me puse en recuperación, tuve que poner en cuarentena todos mis motivos, mis enfados, mis resentimientos, mis recriminaciones, mis odios y también mis amores. Nada valía. Eran problemas falsos, inventados, creados, imaginados o como lo queráis llamar. No podía agarrarme a ninguna excusa porque cualquiera era buena para salir y recaer. Me cuestioné hasta el final, me anulé para conseguir ver más allá de mí, más allá de mis mentiras. Y, debo decir, que lo conseguí. Identifiqué las verdaderas causas de mi consumo y los atajos que mi cabeza había explorado para conectar un problema con la botella, papela o pastilla. Todo salió cómo debía, hasta que al cabo del tiempo la memoria emocional volvió.

Llevo una vida ordenada y serena, puedo decir que, incluso, plena. Junto a personas que me quieren y a las que quiero. Estudio lo que me apasiona y me siento optimista la mayor parte del tiempo. Pero, la tristeza, desazón, inseguridad y, sobre todo, el miedo me acechan en determinados momentos del día como tratando de recordarme que no puedo seguir manteniendo en cuarentena algunas de las cosas que pasaron. Que ha llegado el momento de dejar que salgan esas emociones (vengan de donde vengan) mirarlas, sentirlas y dejarlas pasar.

En ello estoy, os seguiré contando.

Anuncios