Escultura de arena por Carl Jara
Escultura de arena por Carl Jara

A mí antes no me picaban los mosquitos. Os lo juro, no importaba si estaba a la orilla del mar durante el ocaso o junto a aguas estancadas en el interior. Aunque hubiera millones de bichos volando a mi alrededor, no había ni uno solo que quisiera chuparme la sangre.

Ahora, sin embargo, soy el blanco de una gran diversidad de familiares de los Cullen. En este momento, por ejemplo, estoy rascándome con la barbilla el hombro derecho a la vez que froto el tobillo izquierdo de forma vigorosa contra la pata de la silla.

En realidad, imagino que sí me picarían, lo que por aquel entonces no me enteraba prácticamente de nada, incluso confundía las crisis epilépticas con comas etílicos. En aquellos tiempos el dolor era el gran desconocido. Y, ojo, porque digo el dolor no el sufrimiento, que era como el pago de la hipoteca, siempre dando por saco… Pero el dolor no, el dolor se diluía en una mezcla de alcohol, música house y Nolotil. Recuerdo que solía tener fuertes cólicos de riñón y, aún así, no dejaba pasar la oportunidad de una noche de “sosiego”.

Cuando te has pasado veinte años sin sentir ningún dolor físico y en unos pocos días —lo que dura la desintoxicación— te quedas a pelo, sientes que el protagonista de Hellraiser ha decidido torturarte hasta los confines de los tiempos.

—Necesito un ibuprofeno —solía suplicar a la enfermera.
—Estás somatizando —me contestaba ella sonriendo.
—Tengo piedras en el riñón, no me lo invento, mira mi historial —insistía yo.
—Te repito que somatizas.

Y así de forma intermitente e interminable.

Las enfermeras del Instituto Hipócrates —en concreto, Joana— son verdaderas heroínas en el arte de la paciencia. Los adictos llegamos a ponernos insoportables de verdad. Podemos llamar una y otra vez a su puerta para que nos den un analgésico, cualquier cosa que sepamos que va a provocar una reacción química en nuestro organismo. Aunque también nos sirve el efecto psicológico que conseguimos tragando botones de las camisas, esnifando azúcar del desayuno, bebiendo colonia o aspirando laca del pelo… Cualquier cosa que nos dé algo de sosiego para tolerar el dolor del mono.

Recuerdo que, a los pocos meses de ingresar, pasé 24 horas sin poder parpadear. Tenía los ojos muy abiertos, como una de esas muñecas de porcelana que dan tanto miedo, y lo único que podía hacer para aliviarlos era echarme lágrimas artificiales. Supongo que las naturales se habrían agotado, después de un mes llorando día y noche ya no quedaba ni una. Pasé verdadero pánico aquel día, pensé que sería así para siempre. Unos ojos inmensos a lo Candy Candy de por vida… Eso no podría resistirlo.

Pero pasó, como todo lo demás, los dolores, los calambres, las noches de insomnio empapada en sudor, las palpitaciones a ritmo de Armando Pérez (más conocido como Pitbull), el zumbido en los oídos o las alucinaciones, todo se quedó en aquellos primeros dos años en rehabilitación.

Por todo eso, ahora salgo a regar envuelta de mosquitos acribillándome mientras yo exhibo la mejor de mis sonrisas. Porque todo es cuestión de perspectiva.

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