Imagen: Nathan Sawaya
Imagen: Nathan Sawaya

Hoy me he despertado decidida a buscarme un grupo de Alcohólicos Anónimos en Gerona. Estoy pasando unos días de vacaciones y no me encuentro muy bien. Será por aquello de interrumpir el desenfrenado ritmo de trabajo, estudio y placeres sociales varios.

El caso es que se me ha instalado un “noséqué” en la boca del estómago muy parecido a aquella sensación vertiginosa que traía el vacío de la droga. Por si no conocéis la expresión, el vacío de la droga es aquello que sentimos los drogadictos durante los dos primeros años sin consumir: una mezcolanza de tristeza, angustia, desazón, soledad y, para rematar, apatía. El vacío mal gestionado —es decir, sin terapia— te lleva directo a la recaída. Sostener todas esas emociones o sensaciones repitiéndote como un lorito que no son reales y que lo único que tienes son unas ganas de consumir terribles, es absolutamente imposible sin la ayuda del grupo de terapia.

No digo que yo esté sintiendo todo eso ahora, muy mala señal sería que anduviera con esas palpitaciones, pero sí que hay cierta desazón en mi pecho que me recuerda que necesito un poco de refuerzo. Y sé que oír a otros adictos la pondrá en su sitio.

Las terapias son así, cualquier cosa que te pase, incluso aquellas cuyas causas no puedes identificar, desaparecen después de pasar varias veces por “las manos” del grupo.

Hace unos años, cuando empecé en esto de la recuperación, odiaba a los grupos de terapia, me parecían unos locos que se reunían para hablar de sinsorgadas que, por supuesto, nada tenían que ver conmigo. Durante mucho tiempo pensé que eran simples dementes, personas con patologías asociadas que, por mucho tratamiento de adicción que hicieran, acabaría tan locos como estaban en aquel momento. Yo me consideraba diferente y sufría de forma atroz las terapias en las que los veteranos (personas que llevan en recuperación más tiempo) venían a, lo que yo por entonces consideraba, examinarnos y a repasarnos por la cara lo mucho que sabían y lo bien que hacían todo. Cada vez que tenía que entrar en una terapia de veteranos (siempre eran por la tarde) se me hacía un nudo marinero en el estómago, sentía náuseas, me temblaban —todavía más de lo habitual— las manos, aumentaba el ritmo de mi corazón y un zumbido infernal se instalaba en mis oídos. Hala, y con eso me sentaba dispuesta a encajar la medicina, como la llamaban.

Pensé que no iba a poder aguantar y, de hecho, no pude. Recaí. Y después de recaer, mi madre me llevo de vuelta al centro. Podéis imaginar el pánico que sentí a la hora de enfrentarme a una nueva terapia… Aquello no sabría cómo explicarlo, simplemente diré que ha sido la peor experiencia de toda mi vida. Paradójico ¿verdad?. Y, sin embargo, visto desde esta nueva perspectiva que te regala el tiempo, aquello fue la mejor representación de la famosa frase: “lo que duele cura”. En ese momento empecé a creerme de verdad que era una drogadicta y en ese momento también, la terapia empezó a calar entre mis apelmazadas neuronas.

Terminé adorando a aquellas personas. Se convirtieron en mi familia, mis amigos, mis parejas, compañeros de trabajo y de eternas fatigas. Me enseñaron a ser quien soy hoy y descubrí que, lo que antes interpretaba como críticas y lecciones, eran en realidad palabras que ellos utilizaban motivados por la empatía que reside en toda identificación. Mi experiencia era la suya y ellos, habiendo pasado por aquello, me daban las herramientas necesarias para afrontarlo con valentía y sobriedad.

Así que lo dicho, hoy mismo me hago con la dirección de un grupo de terapia en el que vuelva a sentirme en casa. A ver si me dejo de estupideces y puedo disfrutar del “no hacer nada” como cualquiera de los rusos que andan por estos lares.

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