“Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que sí puedo y sabiduría para reconocer la diferencia”.

Imagen obtenida de Cultura Re-Evolucionaria (Facebook)
Imagen obtenida de Cultura Re-Evolucionaria (Facebook)

Con estas palabras empezamos y terminamos cada reunión en Alcohólicos Anónimos. Aunque, sin duda, es aplicable a cualquier persona y circunstancia.

Por poner un ejemplo de mi vida, hay una cosa que, haga lo que haga y me ponga cómo me ponga, no puedo cambiar: el carácter o la manera de tratarme que tiene mi familia. Mi madre seguirá diciéndome siempre que soy una zarrapastrosa, mi hermana que tengo un gran ego del que hago gala, y mi padre que soy una descastada… Y quizá todo eso sea cierto, por lo menos lo es para ellos, entonces ¿puedo cambiarlo yo teniendo en cuenta que me conocen desde que nací? Y, aún sabiendo eso, ¿consigo aceptarlo y llevarlo con dignidad? Pues no, porque cada vez que me lo dicen o lo insinúan, me pongo rebotona (si tengo un buen día) o violenta (si tengo uno malo).

Este es un ejemplo tonto, pero hay otros muchos más duros, hay veces que la vida nos zarandea hasta hacernos mucho daño, casos en los que el sufrimiento no encuentra alivio más que a través de la aceptación. La muerte de alguien a quien queremos es uno de esos ejemplos… “Serenidad para aceptar las cosas que no podemos cambiar…” La muerte no la podemos cambiar pero a la serenidad sí que podemos aspirar; el consuelo de los que nos quieren nos la proporciona la mayoría de las veces; un espíritu valiente puede, incluso, encontrarla en sí mismo; en otros casos -como es el mío-, “echar mano” de algo todavía más grande y difícil de comprender con la razón, nos ayuda a sentirla. En cualquier caso, la serenidad depende de nosotros y no de las circunstancias, lo cual no nos hace tan vulnerables.

Valor, para cambiar las que sí puedo…” ¿Cuántas veces te has encontrado en tu curro pensando que no es justa la forma en la que te trata tu jefe/a? ¿O has tenido problemas con tu pareja sin saber qué decisión tomar? Cambiar las cosas que sí puedo es algo que me cuestiono constantemente: ¿debo decirle a mi compañero de trabajo que no me gusta las bromas que me hace? ¿Le digo a mi amiga que estoy cansada de ser siempre yo la que llama? ¿Hablo con mi profesor sobre la forma tan despectiva que tiene de tratarme? Son cosas sencillas que, a algunos de nosotros, nos cuesta una barbaridad afrontar… cosas que, sin embargo, son fáciles de solucionar y que harían de nuestra vida algo más sereno.

“Y sabiduría para reconocer la diferencia.” ¡Esta parte es la leche de complicada! Yo en el grupo de terapia suelo preguntar: ¿cómo diablos reconozco la diferencia? ¿Cuándo debo actuar y cuándo no? Hay veces que tengo que tomar decisiones que van a cambiar elementos importantes en mi vida. Como, por ejemplo, aquella en la que me planteé estudiar Biología en Pamplona. Tuve que mudarme, reducir horas de trabajo, alejarme de mi pareja, enfrentarme al miedo que tenía a que mi cabeza se hubiera quedado tonta, y un larguísimo etcétera. Reconocer la diferencia en ese caso, sobre lo de que debía cambiar y lo que no, fue muy difícil.

Hay cosas, como las que he comentado antes, que desgraciadamente no se pueden cambiar (ojalá), en esos casos hay que hacer acopio de serenidad. No obstante, hay otras ocasiones en las que uno tiene la sensación de ir a lanzarse al vacío, entonces piensa: ¿por qué voy a hacerlo? ¿Qué me va a aportar? ¿Qué voy a perder? ¿Cuánto voy a arriesgar?

En mi caso fue fácil, sabía que quería conocer más sobre los mecanismos que hacen posible la vida en todas sus facetas. Entonces tuve que ejercitar las tres virtudes: serenidad para valorar pros y contras, valor para tomar la decisión, y sabiduría (la poca que me dejó la droga) para saber si la decisión estaba colmada de sentido común o era una huída hacia adelante.

Hoy estoy agradecida por un lado, y orgullosa por otro.

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