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¿Sabéis por qué he cambiado la imagen del blog?

Ha sido por culpa de Albert. Sí, sí, el Albert que todos los de Hipócrates conocéis, el súper veterano que tanto nos ha dado por saco. Si es que… no he visto yo compañero que haya luchado con tanto empeño por nuestra recuperación.

Albert y yo nos conocimos en el centro de desintoxicación. A mí me pareció una mala bestia: grande, con una sonrisa inmensa que no sabías si era consecuencia de buen o mal rollo, unos brazos enormes y un tono de voz que parecía haber adquirido en una caverna (con cariño). Todavía hoy no recuerdo como nos convertimos en inseparables. Él recuerda que me dejó un jersey que yo -medicada como andaba- siempre amenazaba con quemar.

A mí me ponía de una mala leche considerable en terapia. Mientras yo me disfrazaba de niña buena, obediente y dócil, él siempre estaba allí para quitarme la ropa (en sentido figurado, ¡qué más hubiera querido él en aquellas épocas de castidad!). Nos sentábamos en forma de media luna, con la terapeuta enfrente, yo con mis botas, mis tejanos y mis cuarenta y ocho kilos, y él, con sus correspondientes (no diré cuántos) y su fina intuición y poco sutiles formas, iba poniéndome, -poquito a poquito- del revés. Entonces los terapeutas se encontraban con mi auténtica esencia, una que de niña mona tenía poco; y así trabajaban mis miserias y desmontaban cada una de las excusas que yo utilizaba para drogarme.

Esta mañana, Albert me hablaba con una sorprendente asertividad sobre el tono de mis palabras en este blog. Me decía lo poco que coinciden con mi manera de ser, con la alegría en la que vivo y con la vitalidad e ilusión con la que hago -y hacemos- cada una de las cosas que nos proponemos. El muy cabrito ha vuelto a hacer eso que, por aquel entonces, tan nerviosa me ponía: delatarme. La diferencia es que él ha aprendido a decirlo con empatía y yo a recibirlo sin ira. Consecuencia: sonrisa al canto en el inicio de la página:)

El “talibán” (así lo llamábamos) y yo ahora nos vemos poco, él tiene su vida y yo tengo la mía, pero, cuando nos encontramos frente a un café, es como retroceder unos años y sentir, de nuevo, la ternura del ambiente en el que hicimos la recuperación.

En esta ocasión, las circunstancias que han hecho que nos juntemos han sido dolorosas. Nuestro referente, aquella que nos ayudó a construir razones por las que vivir (¡además de guiarnos en nuestro primer puzzle!) está sufriendo y a los dos se nos ha roto el corazón al verla. Sin embargo, ella, una vez más, nos ha dado una valiosa lección: pase lo que pase en esta vida, por muy duro que sea, uno puede afrontarlo sin tomar, con mucha valentía y fortaleza. Así que ahí hemos estado los dos, apoyándola por primera vez en la vida y sintiéndonos agradecidos por poder hacerlo.

Ahora vuelvo a Pamplona (en un tren equivocado, por cierto) con la certeza de que tanto ella como él -mi veterano y amigo- siempre serán dos de los pilares más sólidos de mi vida.

Ya veis, la droga nos quitó tiempo pero la vida nos ha dado infinito amor.

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