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Tengo un amigo que sé que no está bien.

Hace meses que no viene a clase y no se ha presentado a los exámenes. Su inicio en esta Universidad fue como el mío. Estaba ilusionado, se sentó -tímido- junto a mí y así nos hicimos amigos. Él, muy larguirucho, de mirada inteligente se mostraba tan cohibido como yo. Formamos una extraña pareja. Diecinueve frente a treinta y tres.

Enseguida me recordó a mí en mis épocas de estudiante (las anteriores) y, obviamente, enseguida nos entendimos.

Desde el principio, intuí que era como yo: compulsivo, inquieto y constantemente insatisfecho. La carrera no tardó en volverse algo rutinario para él, agotó en dos semestres cualquier posible estímulo que pudiera ofrecerle y se encerró en su casa ordenador en mano y canuto colgando.

Estamos en el tercer año, los dos anteriores los ha sacado sin esfuerzo, el chaval es brillante pero incapaz de ser constante, su dependencia no le deja. Sin embargo, tengo la impresión de que va a tirar la toalla…

Hoy llevo todo el día pensando en qué debo hacer: aviso a sus padres que viven fuera, aviso a su novia que vive fuera, lo amenazo a él (de alguna forma ya lo estoy haciendo). Es complicado.

Por experiencia sé que poco se puede hacer en estos casos si el interesado no acepta tener un problema; sin embargo, mi amigo, cuando nos conocimos, era muy consciente de que su obsesión por el juego y su afición a los porros le impedían llevar la vida que se proponía: estudiar, ir a ver a su novia sin sentir remordimientos, dejar de disimular, de mentir, … En definitiva, verse capaz de hacer aquello que se proponía día tras día.

Estoy convencida de que mi amigo se castiga constantemente. Él es un cielo y todo lo que hace no lo representa en absoluto, pero así es la adicción, nos somete, nos manipula y nos humilla hasta quitarnos todo aquello que nos importa.

No quiero que la suerte abandone a mi amigo y no sé si eso depende de mí. ¿Alguna idea?

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