NYC Ballet 1938, by André Kertész
NYC Ballet 1938, by André Kertész

Hoy he repetido dos veces que las hadas existen.

Si Campanilla no se hubiera levantado lo habría gritado mil veces más y si hubiese sido mi abuela la que permanecía tumbada sobre el escenario del Baluarte esta tarde en Pamplona, si de ello dependiera que se volviera a levantar, entonces lo haría durante el resto de mi vida.

Pero no era ella, sino una de las actrices que se habían propuesto alegrarnos la tarde a toda la familia. Mi sobrina bailaba al mismo ritmo que ella y yo contenía unas lágrimas que no sabían si ser saladas o dulces. Peter Pan, Garfio y una decena de actores corrían de un lado a otro del escenario envueltos en luces rosas, azules, amarillas y verdes, mientras dos cantantes ponían la banda sonora al famoso cuento que a todos nos ha hecho en algún momento jugar a las espadas.

Pamplona sigue igual que la semana pasada y que la anterior. Pamplona es la misma y yo la quiero parar, quiero que me espere, que permanezca inmóvil mientras yo recupero la emoción de hace diez días o de la Navidad que ocurrió hace un año. Y es que no vamos coordinadas, ella va demasiado rápido y da cobijo únicamente a aquellos que mantienen su ritmo, personas que cumplen un papel, un rol en cada una de las compras de estas fiestas: niños, padres, abuelos y… abuelas.

Dicen mis amigos que en unos días todo se pasará. No sé si quieren decir que aprenderé a mantener el mismo pulso de la ciudad y de sus gentes o que me conformaré con una familia más pequeña. Y, aunque la vida a mi alrededor ignore mi recién estrenado vacío, yo seguiré levantándome a la misma hora, sacando a mi perra, desayunando un café delicioso con galletas, cogiendo el autobús con la cara congelada, asistiendo a clase en la facultad de ciencias, fascinándome con el micro mundo bacteriano y riéndome con mis inocentes y frescos compañeros hasta que llegue la hora de volver a casa. Entonces, en vez de pararme a ver a mi amatxi, continuaré mi camino repitiendo una y otra vez que las hadas existen y que solo debo esperar un poco para que la magia de la ilusión vuelva a mi corazón.

Hoy escribo para liberar una tristeza que ha decidido instalarse en mi garganta, he pensado que como no puedo hablar de ella (pues no son fechas), quizá salga mientras le doy a las teclas con una mezcla de dolor y rabia. Hoy debe quedar aquí, pues ahora me voy a cenar con mis amigos de la Universidad, vamos a celebrar el final de exámenes, ¿qué otra cosa podría celebrar? -dice mi ingrata conciencia. ¿Te imaginas qué ocurriría un día como hoy hace seis años?, qué más querría una enferma adicta que utilizar todas estas emociones para tener una magnífica excusa bajo la que refugiarse para anestesiar su alma con todo tipo de drogas, legales o ilegales.

Por eso hoy voy a celebrar mi capacidad para manejar el dolor sin necesidad de recurrir a esos engaños, celebrar tener una familia tan preciosa con la que compartir una que sí es vida, celebrar haber conocido a chavales que me enseñan todo aquello que no pude vivir, celebrar, en definitiva, querer y que me quieran.

Y repetir, una y mil veces, que las hadas sí existen.

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