© Vadim Stein

 

En la última reunión de Alcohólicos Anónimos la semana pasada, participaron algunos familiares. Hacía unos días que una mujer de unos cuarenta años se había añadido a mi grupo. Tenía buen aspecto; de hecho, mi súper radar detector de adictos hubiera fallado del todo en su diagnóstico.

Estaba nerviosa y sin ninguna intención de integrarse en el grupo. Su primera intervención consistió en una interminable lista de argumentos sobre los que apoyaba su teoría de que no era alcohólica (algo muy corriente en los primeros días de terapia). Nos contó que no bebía a diario y que, cuando salía a cenar con amigos, únicamente optaba por una copita de vino.

Lo cierto es que su piel no la delataba, su conducta era sosegada y sus maneras finas y educadas; si no llega a ser por su profunda y triste mirada, hubiera pasado por una persona completamente sana.

Sin embargo, la tarde en la que la reunión dio cabida a familiares, su marido nos transmitió una nueva versión algo distinta a la de mi compañera.

La máscara de su esposa, y con ella su alma, se rompió en mil pedazos.

Lo que nos contó no fue nada nuevo para nosotros: años de consumo de alcohol habían precedido a la época actual en la que su mujer ahora lograba eliminar la angustia vital a base de ansiolíticos ingeridos bajo la típica excusa del terrible insomnio.

Hasta aquí entiendo que no te resulte preocupante, si no fuera porque cuando mi compañera se toma esas pastillas, su personalidad se ve modificada de forma  exponencialmente hostil. Y ahora imagina esto una noche tras otra a lo largo de un año y otro, y otro más.

Su marido sufría, sus hijos sufrían y ella sufría el doble de la suma de todo ese dolor.

No obstante, ¿cómo identificar el alcoholismo como causa de tanto malestar? Ten en cuenta que mi compañera solo bebe de vez en cuando.

Pues porque los adictos descubrimos con el paso del tiempo que la angustia que en un momento dado desaparecía con un copa (o varias) de alcohol, ahora desaparece con unas pastillas que, además de legales, me las ha recetado un médico bajo un diagnóstico de depresión o ansiedad. Es decir, mi consumo está completamente justificado ante los demás y, lo que es más peligroso, ante mí misma.

El autoengaño, llegado a este punto, está más que servido,  y la única forma de reconocer nuestra adicción es frente a las experiencias de otros adictos; pues, al oírlas nos sentimos completamente identificados y, sorprendidos, descubrimos que es mucho más fácil abandonar una dependencia que superar depresiones o ansiedades endógenas.

La cuestión hoy es ¿tolerará mi compañera la angustia vital del pecho que obligatoriamente hay que sentir al dejar los ansiolíticos, alcohol o cualquier otra droga? Si lo intenta sin ayuda, descubrirá lo poco que tarda en acudir de nuevo a la botella. Si lo intenta, con el apoyo del grupo, será capaz de identificar el engaño que ha gobernado su vida y decidirá dejar de esconderse tras esa aparente vida normal colmada de actividades normales.

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