Hay dos excusas que hicieron de mí lo que fui: la culpabilidad y el miedo.

No os equivoquéis, los “drogatas” no consumimos porque nos guste, consumimos porque, si no lo hacemos, las manos nos tiemblan, gritamos a los que adoramos, claudicamos ante el silencio permaneciendo mudos interminables horas, odiamos, queremos de forma inoportuna y nos auto compadecemos para complacernos.

La primera copa que me tomé consistía en una combinación cuyo resultado era de color fucsia (al estilo de las últimas tinciones de prácticas en Microbiología). Nos sirvieron una fila de vasos de chupito con ese color infantil. Entonces yo tenía catorce años y mis amigas habían bebido, por primera vez, unas semanas antes mientras yo estaba internada en Inglaterra, cultivando mi inglés. Le dije al camarero que me pusiera un vaso de tubo, “mariconadas” (con perdón) las justas, que soy del norte.

Valiente idiota.

Como las demás lo bebieron de un golpe, yo hice lo mismo. A los diez minutos estaba pidiéndome otro, y, para las dos de la mañana, me había bebido cinco. Aquella noche me dieron mi primer beso (borracha), hablé con personas con las que jamás me había atrevido, bailé y, según me pareció, triunfé.

Os resultará difícil de creer, pero durante esas horas dejé de sentir miedo. Me sentí bien y no quise volver a salir sin beber.

Dicen que el alcoholismo o -lo que es lo mismo- la drogadicción, se desarrolla de forma progresiva, a medida que uno va consumiendo y aumentando la dosis para conseguir los mismos efectos. En mi caso, fue tan rápido como el hecho de perseguir la seguridad que sentí aquella primera noche de alcohol, durante el resto de mi vida. ¿Diversión? Muy poca, al principio quizá. A los veinte probaba otras drogas porque nada ni nadie me hacía vivir aquella sensación de seguridad con la que tan “yo” me sentí.

La última década, el miedo creció de forma exponencial; el consumo me servía para taparlo y cuando desaparecían los efectos, la culpabilidad por todo aquello que había hecho o dejado de hacer, me torturaba de manera que no dormía, no comía y no entendía. Las paranoias se convirtieron en mi realidad y asustada me escondía. Miraba hacia atrás cuando iba por la calle, pasaba las noches con la luz apagada para que los supuestos espías no me observaran y llamaba a la policía cada vez que mi cabeza imaginaba lo que hoy me resulta inimaginable.

Diez años sintiendo no estar a la altura de nada ni de nadie, pensando en que gracias al alcohol y otras drogas, existían, por lo menos, unos minutos de paz en la vida de uno. Sometida al miedo del miedo para, finalmente, pedir ayuda a una interminable lista de psicólogos y psiquiatras que, sin diagnosticar en ningún momento la adicción, trataron todos los daños colaterales de esta: depresión, ansiedad, paranoias, obsesiones, conductas compulsivas, anorexia, bulimia, bipolaridad, y un grandísimo etcétera de consecuencias del uso de sustancias. Con el inconveniente de que, para tratar todas estas patologías, recurrieron a la química, haciendo que, al final, sustituyera una droga por otra. Sí, eso hicieron, poner tiritas sobre una herida infectada.

Los últimos meses de mi consumo no me atrevía a salir a la calle, vivía intoxicada de ansiolíticos y convencida de que había perdido el juicio; pero, en este caso, el juicio final, porque ya estaba en el infierno y nunca podría salir.

Pero recuperé la esperanza y salí, porque siempre tenemos segundas oportunidades y hoy me lo han recordado. También he recordado -y por eso escribo- que el miedo, viviéndolo en su justa medida (cosa difícil) nos convierte en seres capaces de protegernos, evitar el dolor, sobrevivir al fin y al cabo. Y la culpabilidad, por otro lado, poco sentido tiene si no se corrige pidiendo perdón o aprendiendo algo más sobre uno mismo. Yo, suelo sentirme culpable constantemente, ese es mi sino y mi problema. Resquicios del daño que me hice y el hábito de pensamiento que trato de modificar cada día.

Poco a poco lo voy consiguiendo, el miedo ya no me da tanto miedo, y la culpa no me hace culpable.

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