Este ha sido un fin de semana silencioso.

De Ramón y Cajal al sueño de mi amatxi, de mi amatxi a Ramón y Cajal. Estudiando el sistema nervioso y observando sus estragos al mismo tiempo. Y todo en el más absoluto silencio. Porque hay momentos en los que no hay nada que decir y mucho por lo que estar.

La droga me impidió estar en múltiples ocasiones. Sobre todo en aquellas tan necesarias para afrontar con madurez las que estaban por venir. Así es que, cuando se presenta un día en el que mi edad debe corresponderse con mi experiencia, me rompo como un cristal. Pues, como saben mis amigos, son treinta y cinco los que cumplí pero veinte los que, la mayoría de las veces, se expresan.

Las emociones -tan famosas en estos tiempos- son escurridizas y, cuando trato de mirarlas de frente para comprenderlas, se esconden, tímidas, detrás de algún torpe invento de la razón. No puedo verlas, no puedo conocerlas, no puedo, ni tan siquiera, bautizarlas; solo me queda inventarlas. Tomar una sensación de mi pre-drogadicción y clasificarla: miedo, inseguridad, dolor, vergüenza, pudor… cualquier etiqueta sirve y con todas puedo equivocarme.

Por si os sirve, prefiero que me preguntéis: ¿has tenido miedo? a ¿cómo te sientes?. Así me ayudaréis a no volver triviales palabras que hacen que hoy sea yo y no otra.

Os dejo una nana para que no os perdáis esta noche.

Anuncios