Tengo unas ganas terribles de fumarme un cigarrillo. La idea de volver a fumar interrumpe, una y otra vez, mis obligaciones a lo largo del día. Y digo “interrumpe” porque, en cuanto aparece, queda fijada en mi cabeza y limita mi libertad para pasarlo bien con lo cotidiano; ya sabéis: los ratos en la biblioteca, la Coca Cola con mis amigos, el momento en el que por fin suena la campana para salir de clase o en el que me pongo a escribir. Las ganas de fumar lo ocupan todo.

Ayer entré en un estanco a comprar la tarjeta de la Villavesa -lo que en el resto del país se conoce como autobús-; y, cuando vi mi tabaco estrella, tuve unas tentaciones inmensas de comprar una cajetilla, abrirla y comerme, uno a uno, todos los cigarros. Así, sin más y … sin menos.

Cuando salí de allí, pasé por delante de la clínica y mi ansiedad se redujo considerablemente al observar cómo los fumadores se alejaban de las puertas principales para poder alimentar su dependencia; respetando, al mismo tiempo, la ley. Entonces recordé cómo hace unos meses, cuando yo fumaba y una persona a la que adoro estaba ingresada, bajaba rápidamente asumiendo el riesgo de que los doctores pasaran justo cuando no estaba; y, no solo tenía que cruzar el umbral de la clínica, sino además cruzar la calle y contar, con mis pasos, los metros correspondientes.

Y como un recuerdo viene asociado a otro, apareció la imagen de la cafetería de esa misma clínica -y de todas las que conozco- en la que cualquier persona, mayor de dieciocho años, se pide una “cañita” -o dos-, para calmar la sed mientras come, o para calmar esos nervios que tanto caracterizan las estancias en los hospitales.

No pretendo hacer un juicio moral. Solo contar cómo me siento cuando convivo con esta clase de cinismo. Es sabido por todos -o debería- que el alcohol “jode” -para mal- el organismo: cirrosis, infartos, suicidios, accidentes de coche asociados, peleas, … alcoholismo. Sin olvidarme de aquellos que, sin consumirlo, han sufrido sus daños colaterales.

No lo digo yo que -podríais pensar-, al fin y al cabo, casi me mata. Lo dicen los médicos que no tienen miedo a decirlo. Lo dicen aquellos que se les ocurrió algo mejor que el: “Una copita de vino al día es perfecta para el corazón”. Lo dicen los valientes como este.

Haré todo lo posible para no volver a fumar, sé que me hace daño y sé que se lo hace a los que me rodean. Pero siempre seguiré mostrando mi indignación ante lo paradójico del botellón en los parques infantiles frente a la distancia mínima obligatoria a la que un fumador se debe situar respecto a ellos.

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