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Hoy hace cinco años que me dieron el alta de mi ingreso en desintoxicación. Había pasado cuatro meses allí antes de que una terrible recaída me llevara de vuelta para cumplir un total de seis. Tantos meses ingresada, con cuatro horas de terapia diarias, dos de ejercicio físico, una de puzzle vespertino, tila rutinaria y descanso, habían hecho de mí casi una personita.

Sin embargo, el miedo, insoportable, me acompañaba allá donde fuera.

Mis pautas eran sencillas: debía apuntarme al gimnasio, cumplir mis dos horas de síntesis de endorfinas, dedicar una hora a la lectura de “Los pilares de la tierra”, comer de forma sosegada (esto todavía no lo he conseguido) y coger el tren dirección La Garriga para asistir a las terapias de la tarde. Toda un proeza teniendo en cuenta el cinismo con el que se manifestaban mis limitaciones.

Mi primer día en la calle lo recuerdo con horror: salí acompañada por mi madre porque no me atrevía a salir a la calle sola. Temía cruzarme con algún amigo de antes, temía ver las terrazas llenas de cañas, temía estar rodeada de gente “normal”; temía, en realidad, ser incapaz de llegar al gimnasio sin pararme a beber.

Una vez allí todo fue bien, me hicieron la típica tabla con la que —debo decir— me puse, en pasado, cañón. El monitor fue encantador, no me ofreció anabolizantes ni nada de lo que se me había ocurrido por el camino, la gente tampoco me atacó y, gracias a la cercanía con mi casa, ni siquiera tuve que vencer mi pudor en las duchas del vestuario.

Un verdadero logro después de pasar seis meses completamente protegida por un ambiente de lo más terapéutico.

Aunque debo decir que no sé quién tuvo más miedo aquel primer día, si mi madre o yo. Porque, de hecho, fue ella la que ayer me recordó que el día veintidos cumplía cinco años en casa. Imagino que sentía pánico de que se repitiera aquel tropezón de dos meses antes. Yo no tengo hijos y me cuesta imaginar lo que se siente, pero he visto como el dolor ha hecho enloquecer a muchos padres al mismo ritmo que lo hacía la droga con sus hijos.

Y hablando de hijos, os dejo el video de una campaña en la que muestran cómo ven los niños a sus padres alcohólicos. Creo que está bien que empecemos a ponerle cara a esta enfermedad.

Y como yo, por hoy, he cumplido, me retiro acompañada por un motón de cables multicolores pegados a la cabeza. Una maravillosa camita de hospital me espera. Daños colaterales de la dependencia…

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