El fin de semana me encanta. Ahora mismo estoy feliz en el patio de casa, observando que mis plantas siguen con una vitalidad inaudita. Las riego poco porque entre semana estoy en Pamplona, pero las miro y las admiro. Sé que eso les gusta. Son vanidosas, como yo.

Foto: Beatriz Moreno

Intento escaparme algunos fines de semana y venirme al campo, que es dónde precisamente me encuentro. No quiero decir que en Pamplona ande perdida, en realidad, lo que pasa es que allí me repito: voy de casa al trabajo, del trabajo a la universidad y de la universidad a casa de nuevo. Tanto bucle consigue que pierda un poco el contacto conmigo. Lo cual, aunque de vez en cuando agradezca, resulta algo incómodo.

Y a propósito de “escapadas”, estos días se anuncian vuelos de Barcelona a Menorca a partir de cuatro euros… ¡cuatro!. No sé a vosotros pero a mí me costó algo más viajar en agosto… El caso es que he recordado lo fantásticas que me hubieran parecido estas ofertas cuando requería de ciertas limpiezas post-estivales tras interminables meses de consumo. En aquellos casos, sí escapaba -literalmente- a lugares en el que mi única actividad posible era el descanso, lugares que ahora bautizaríamos como “libres de drogas”.

Debo decir que, por aquel entonces, yo no me consideraba una persona dependiente; de hecho, solo bebía el fin de semana, entre semana ni se me ocurría. No obstante, algo fallaba: aunque lo había intentado alguna vez, era completamente incapaz de salir sin beber, y cuando empezaba, ya no paraba. Tenía veinte años, era una chica normal pero con verdaderas dificultades para mantenerme constante en una actividad.

No recuerdo que mi consumo fuera un hábito adquirido de forma progresiva. Lo que recuerdo es que me emborraché por primera vez con catorce años y me pasé, quince más, buscando aquella misma sensación en todas las drogas que el mercado, negro o blanco, había sido capaz de inventar.

Buscaba a la Oihana segura y desinhibida en el alcohol, a la brillante y locuaz en la cocaína, a la serena y apacible en los ansiolíticos, y dejaba de buscarla para perderla del todo en el anestésico de caballos –más conocido como ketamina-, hipnótico de perros o el, erróneamente entendido como natural e inofensivo, canuto. Respecto a este último, decir que en los cinco años que llevo en terapia, he conocido a muchos enfermos, con la marihuana como “droga estrella”, que no han conseguido deshacerse del globo, o lo que es lo mismo, recuperar su energía vital.

Y así, mientras justificaba que la genialidad me había elegido y no me permitía encontrar la satisfacción en lo cotidiano de las cosas -valiente y enferma tontería -, seguía buscando.

Liberarme de esa interminable búsqueda que me atormentaba y me llenaba de ira, es lo que hoy me lleva a no necesitar de escapadas a Menorca por cuatro euros y me ayuda a vivir, casi igual de bien, tanto la frenética actividad de Pamplona como el silencioso patio catalán.

Anuncios