Lo que más me impactó la primera vez que fui a una discoteca estando en rehabilitación no fue el alcohol. Tampoco los caminitos al baño de algunos clientes. Lo que más me desconcertó fue la cantidad de flashes que se solapaban con la iluminación de la sala. Flashes procedentes de cientos de cámaras que llevaban las chicas en sus bolsos. Aquello sí era nuevo para mí. Antes de ingresar, Facebook no era tan popular y no me había dado tiempo a explorarlo.

Esa tendencia exhibicionista me resultó muy incómoda, creo que tanto o más que la presencia de las barras. No sabía en qué momento iba a salir en una u otra foto. Las lanzaban por todos lados como afilados dedos acusadores.

Le pregunté a una chica que parecía convertirse, una y otra vez, en múltiples caricaturas de sí misma. Son para el face -me dijo sobreactuada-. No sé si por el cubata que se estaba bebiendo, o por la excitación que le producía compartir con los internautas su exitosa noche.

El caso es que estos años de universidad, en los que comparto mis días con chicos y chicas de veinte años, no puedo evitar sentirme de lo más aliviada al comprobar que todas y cada una de las vergonzosas hazañas que cometí en mi vida de activo, quedarán únicamente, y para siempre, en mi memoria. La red no tendrá el placer de darle la oportunidad a ninguno de esos desalmados tan comunes en estos tiempos.

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