Este post va especialmente dirigido a V. Espero responder a tu pregunta.

El domingo llegué a Pamplona. Lo supe porque, en cuanto bajé del coche, un señor le decía a otro: “¿Qué pasa o qué?”. El viaje desde Barcelona lo hice “de bajón”: música deprimente, lágrimas en los ojos por culpa del impertinente sol y el amoroso bocadillo de jamón que me habían preparado antes de partir. Saber que las vacaciones se habían acabado y debía volver a mis obligaciones, no resultaba, a su vez, nada alentador.

Además —por qué no decirlo— estaba muy nerviosa. El asfixiante calor de agosto me había obligado a permanecer un montón de horas delante del ordenador y, envalentonada, tuve la fantástica idea de contar mis miserias en este blog. Pero ahora debía volver a la universidad sin saber cuánta gente sabría de mi enfermedad y eso, sorprendentemente, me daba mucho miedo. ¿Quién se habría enterado? ¿Qué opinión le merecería a partir de ahora? ¿Se dirigiría a mí? O, por el contrario, ¿evitaría mirarme?. Todas estas preguntas, junto a la comedura de coco sobre cómo vestirme, me tenían muy agobiada.

Sin embargo, el lunes todo cambió. El cochecito de la montaña rusa se lanzó por la pendiente: el encuentro con mis jóvenes y guapos compañeros fue fantástico. Estaban exultantes y llenos de alegría después de sus vacaciones. Tardaron un segundo y medio en contagiarme y el resto de la tarde, en clase, acompañados por unos profesores todavía frescos y animados, fue maravilloso. Vamos, lo que llamo yo un verdadero subidón.

Pero como todo lo que sube baja, por la noche salí a correr con dos amigos y descubrí que durante el verano había perdido forma y ganado kilos. Mis pensamientos ya no estaban ocupados en el que dirán y sí en cómo perder esos kilos y estar preparada para la carrera de las tres playas de Donosti en octubre.

Imagino que V ahora mismo se estará preguntando: ¿Y qué tiene que ver todo este rollo con mi pregunta? Pues en realidad mucho.

Mi rehabilitación no acabará. No hay “alta” para esta enfermedad, nunca podré consumir ningún tipo de droga, incluido el alcohol. No quiero decir con esto que las ganas de consumir no desaparezcan, claro que lo hacen. Pero mientras que antes cada subidón-bajón-subidón iba acompañado del consumo -pues consumía para subir y consumía para bajar; y cuando no consumía, me moría-. Hoy he aprendido a gestionar las emociones de manera que la tiranía de mi cuerpo no me exija droga cada vez que estas enloquecen.

Para mantenerlas sobrias voy a terapia de forma regular, hago ejercicio físico, me alimento de forma disciplinada, me doy lo mejor de mí misma, exijo lo mejor de los demás y, en todo momento, recuerdo que soy drogadicta. De esta forma, aunque nunca pueda abandonar la montaña, no habrá pendiente, ascendente ni descendente, que me lleve a consumir.

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