A los dos años de tratamiento, el grupo de terapia consideró que había llegado el momento de trabajar. Yo había hecho un curso para sacarme el título de “cuidador de animales de zoo” y opté por empezar con unas prácticas en un parque acuático donde tenían aviario y delfinario.

Los adictos vivimos la mayor parte de nuestro “ahora” pensando en la manera en la que lo haremos “luego”, y mi fantasía seguía esa misma dinámica: yo, como entrenadora de delfines, siendo la estrella del show mientras todos me ad-miraban y aplaudían. No se me ocurrió pensar que el puesto de becaria sería para mantener como los chorros del oro el aviario.

Los primeros días fueron de lo más esperanzadores, había mucho trabajo, era plena temporada y las expectativas de que mi estancia allí se formalizaría con un contrato temporal, eran bastante realistas. Una vez más, me adelante en el tiempo y utilicé la ilusión de la idea para no vivir el presente.

Tres cuartas partes del día bailaba entre mangueras, rastrillos, fregonas y mucha lejía para desinfectar, todo ello al ritmo de los temblores que no abandonaban a mis manos. Los objetos se me caían entre ellas y eso provocaba la ira de mi jefa. Las aves se sentían inquietas con mi presencia y no cumplía con los tiempos adecuados destinados para cada actividad.

Lo cierto es que no fui capaz de desarrollar el trabajo y, lógicamente, me invitaron a abandonar el parque al finalizar el periodo de prácticas.

Ha pasado mucho tiempo desde aquello y hoy trabajo y estudio sin problema. Los temblores de las manos han desaparecido por completo y, aunque todavía consigo despertar cierta irritación en algunas personas, puedo decir que los animales se sienten muy a gusto cuando ando cerca.

Sin embargo, hay una cosa que todavía se me resiste descaradamente para ser verdaderamente feliz: sigo viviendo del allí, muy lejos del aquí, completamente fuera del ahora.

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