Una noche en la década de los noventa, entre 1992 y 1996 -soy incapaz de concretar más- el que había sido mi novio me llevó a ver a Chavela Vargas al Palau de la Música en Barcelona. Ilusionada como estaba, no se me ocurrió pensar que yo había roto la relación semanas antes y corríamos el riesgo de pasar una velada algo accidentada.

Llegamos puntuales, nuestros asientos estaban en el “gallinero”, mis sienes ya bailaban al ritmo que marcaba mi agitado corazón. Chavela había protagonizado la B.S.O. en mi casa durante toda mi niñez. Verla era para mí como conocer por fin a una abuelita a la que el exilio había apartado de mi vida. Estaba muy nerviosa y era incapaz de prestar la atención que se merecía mi acompañante.

La “Pistolas”, pequeñita, salió al escenario envuelta en su poncho y con una copa de whisky en la mano. La boca se me hizo agua. En el Palau no está muy bien visto que te sientes con una vaso de plástico a modo de calimocho sanferminero, así que fijé mi atención en aquella voz tan quebrada, y con ella se rompió también mi corazón.

Todavía no era consciente de que el tormento que escondía Chavela al fondo de sus melodías era también el que iba a hacer de mi una desconocida para mi familia, mis amigos y para mi misma.

Hoy sabemos que Chavela salió de las llamas y yo sé que aquel chico que me acompañaba sigue bebiendo. Esta noche, mientras escucho una de sus canciones, sonrío y escribo recordando lo bonito de aquella noche que nunca hubiera acontecido si no hubiera sido por un chaval que, aún siendo yo un reflejo de la maldita enfermedad, siguió amándome.

Mientras otros sigan en el infierno del consumo, los demás no tendremos luz de luna.

Este post, con tu permiso Chavela, es para él.

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