Ayer me caí montando en bici. Suele pasarme, tengo un amigo que me lleva por caminos angostos llenos de piedras y, claro, termino rodando con ellas. Afortunadamente la mano derecha está bien y me permite teclear en modo morse. Otra suerte corrió la izquierda que hoy tiene un aspecto de lo más desafortunado.

Rascada lateralmente, ha hecho de la noche un tránsito de lo más desagradable. No es nada grave, solo un rasguño que ha convertido en escaparate un fragmento de lo que llamamos carne viva. Lo malo es que el dolor del roce de las sábanas me ha transportado a aquellas noches en las que en plena desintoxicación, el insomnio era el pan de cada día. La enfermera que me ayudaba a superar las ganas de tomar, se sentaba a mi lado y me decía: “Cincuenta flexiones y vuelvo”. Atónita pero obediente, bajaba al suelo y en medio de tanto sudor y malestar hacía cincuenta flexiones. Cuando volvía le decía que la ansiedad no se iba. Y ella, se reía y decía: “Cincuenta abdominales ahora”. Cualquier cosa para reducirla…

Y así pasaba las horas hasta que amanecía, entonces me entraba un sueño tan sosegado que incluso me llevaba a pensar que lo peor había pasado. Y así era, por lo menos hasta que las horas sin luz volvían a convertirse en mis terribles escenarios.

Hoy, la mano me recuerda que las heridas superficiales se curan a medida que pasan las horas, con un poco de Betadine y paciencia. Y las menos superficiales con mucha ayuda e infinita paciencia.

Anuncios